
Amado Alexis Chalas
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FRAGMENTO I
(Uno vendrá al que tendrás que matar. Uno que no es el único. ¿Te das cuenta? No es asunto nuestro preguntar cómo ni por qué. Alguien ya pensó por nosotros nuestras vidas, incluso nuestras muertes. No te sorprendas. Sabrás quien debe morir para que tu nombre sea eterno. Tu gobierno en la tierra no será más que una piedra en la historia de los siglos. Tu estadía en los ojos del mundo no será más que un sueño. Un sueño con los ojos abiertos. Sí. Vivir es eso: que los otros noten tu presencia. Que sientan la singularidad de tus pasiones, porque eres quien matará al único libre. Convirtiéndote tú en sempiterno y a él, en el refugio de todos cuanto carecen de voluntad propia, y ven realizarse en otros sus sueños. Ese es tu destino. El constructor de la historia. El hacedor de la mayor esperanza. Serás tú quien lleve el repicar de las campanas a los oídos de todos. Tú lo verás llegar envuelto en una nube de espanto, de duda, casi humana, por su condición inestable, cambiante. Lo escucharás y sólo para ti lo vas a contradecir. Sus palabras te parecerán inofensivas hasta que con su cuerpo demuestre la realidad del contenido de su discurso. Con el cuerpo, porque es con él con que dejamos claro nuestra predilección por las cosas. Cuanto nos agrade del medio en que nos desenvolvemos, el cuerpo lo trae a él para engullirlo y hacer nuestra las energías de esa materia apetecida, para que la nuestra, que va a renovarse a cada nuevo contacto con todo lo de afuera, estalle en frutos de nuestra pasajera inteligencia y combata contra la inmisericorde fuerza del olvido. Tú lo matarás. Porque a pesar de todos tus años dudarás y creerás por primera vez que estabas equivocado. Que cuanto habías dicho de lo humano era improbable. Somos vulnerables y cambiamos constantemente de parecer. Aún la convicción más firme, la creencia más arraigada llega a su fin y desaparece, o se transforma en una nueva realidad latente, la cual subsistirá por un tiempo al final del cual también pasará o se transformará. Tú lo matarás, porque nada trastorna más al hombre que saber que siempre estuvo equivocado. Los momentos felices no nos esperan, nosotros tenemos que cazarlos y atarlos si es necesario a nuestras vivencias para que la vida no pase con su paso vano ante nosotros, y nos deje con la boca abierta, cuando agotada, casi extinguida, nos volvamos para preguntarle en qué momento se nos olvidó hacer qué para que nos fuera diferente la fatalidad. En qué erramos. Cuando dejamos de aportar al mundo recuerdos. Matarás para no ser olvidado). (De “El hombre más Viejo del mundo”).
FRAGMENTO II
...Filomena, desnúdate... muestra en esta apestosa habitación tus dotes de mujer hermosa, tu piel suave y joven, desnúdate como la serpiente cambia de piel y acércate a mis brazos que te esperan... Filomena, si la noche nos abandona sé que nos reprocharíamos luego el haberla perdido... acércate... no detengas tu mirada en esa vieja pintura de la pared que nada significa, que nada nos dice, una mujer desnuda tendida sin gracia sobre telas limpias no es como tu carne real descendiendo ahora, que manchada del semen de otros vienes a mí, poseída y poseyendo el tiempo, construida de sueños y construyendo sueños... Filomena, al mirarte recuerdo una historia que alguna vez escuché de mi madre: cuentan que una mujer en una oscura noche sin estrellas se la veía por una ventana de su habitación arreglarse con esmero... cuidaba de su pelo y su rostro, pasaba sus manos sensualmente por todo su vívido cuerpo. Por momentos se detenía en algunas de sus grietas favoritas para acariciarse más suavemente, voluptuosamente... entonces tocó a la puerta un hombre alto, oscuro como la noche. El negro estaba desnudo, una hermosa desnudez, sólo colgaba de su pecho el cinto de un revólver. Por las persianas se colaba un viento frío que hacía danzar las cortinas. Un duelo sin palabras acontecía en la habitación. La luz densa de las velas no cesaba aun en contra de las pericias de la brisa. Sobre la mesa yacía una copa de cristal vacía, manchada de un rojo carmesí, en uno de sus extremos en la cama, algo revuelta, se notaban los pliegos de una pañoleta y en la pared, al lado del lecho, el retrato de una mujer avituallada con una cantidad exorbitante de joyas y adornos. La mujer desnuda y viva y la mujer vestida de la pintura, alguna vez fueron la misma, hace siglos quizás, por ello cuando vio llegar al moreno desnudo y armado, miró el retrato, y la mujer pintada sobre la tela le sonrió perversamente. La otra, la desnuda, volvió la mirada hacia el negro, pero ya no estaba, se había esfumado como la sonrisa en la pintura. Entonces comprendió que todo había sido un sueño, su más ardiente deseo. Pasó entristecida sus manos por su vientre y yo me complací al sentir sobre mi pequeño ser la ternura de una gran ilusión. Subí por el esófago hasta sus ojos y repentinamente el sueño volvía a repetirse, pero esta vez dos lo soñamos. (De “Noches de velas”).